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Los arrecifes coralinos: evolución biológica, no creación divina Biólogo Juan Jacobo Schmitter-Soto Doctor-Investigador del Área de Conservación de la Biodiversidad Colegio de la Frontera Sur Unidad Chetumal Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla Un gigantesco mero se desplaza con elegancia por el arrecife. De pronto, se detiene junto a un cabezo de coral, y un grupo de peces góbidos salen como dardos, se meten en su cavidad branquial y en su boca misma, y se comen los parásitos del mero. En unos momentos, el pez grande reanuda su paseo, más sano que antes, y los gobios regresan a esconderse entre los resquicios del coral, más satisfechos que antes. ¿Cómo pudo evolucionar semejante asociación? Si el gobio hubiese dado el primer paso, el mero se lo habría comido; si el mero hubiera tenido la iniciativa, los gobios habrían preferido ocultarse. LA GALLINA O EL HUEVO Este tipo de planteamientos de “¿qué fue primero: el huevo o la gallina?” están entre los sofismas favoritos de los creacionistas (gente como los testigos de Jehová o los “antropólogos gnósticos”), que a estas alturas de la historia siguen poniendo en duda la realidad de la evolución biológica. La diversidad misma de los seres vivos ha sido también utilizada como argumento por estos grupos religiosos. Señalan la plétora de peces arrecifales, su belleza y sus increíbles adaptaciones al medio (como el mutua-lismo del mero y los gobios), y preguntan: “¿Se debe esta biodiversidad a la casualidad ciega, a que la naturaleza ‘haya tenido suerte millones de veces’ [sic], o ha sido una ‘cuestión de diseño’”? LA EVOLUCIÓN, ¿UN JUEGO DE AZAR? La primera tergiversación está en la idea de que la evolución actúe por puro azar. La materia prima de la evolución, la variación genética ciertamente es aleatoria: las mutaciones no son intencionales, y la recombinación genética que acompaña a la reproducción sexual es comparable a barajar las cartas disponibles. Pero la selección natural no ejerce su fuerza sobre esta materia prima de manera fortuita; la eliminación de las mutaciones dañinas no es cuestión de simple suerte, sino que se debe a la desventaja que dichas mutaciones le acarrean al mutante. Del mismo modo, la herencia de una mutación beneficiosa no es casual, sino consecuencia clara de la ventaja (mayor éxito reproductivo, mayor capacidad de sobrevivencia) que dicho cambio genético pueda conferir a los descendientes. Otra palabrería mañosa se esconde en el implicar que si algo no ocurre por suerte, entonces sólo puede deberse a diseño. Decir que la selección natural no es azarosa no es lo mismo que decir que es intencionada. Por ejemplo, el camuflaje de los lenguados (peces planos que se confunden con la arena) no evolucionó para protegerlos de la depredación, aunque a veces sea más cómodo y breve decirlo así. En realidad, la protección ante los depredadores es consecuencia, no causa, de la aparición del camuflaje. ABRACADABRA: DE LA NADA APARECE UN OJO La selección natural, sobrevivencia del más apto, parece un fenómeno dramático; empero, no hace falta imaginar sangre derramada. La selección es consecuencia inevitable de que los organismos sean diferentes en su éxito reproductivo, así se trate de una diferencia muy pequeña. Las diferencias (ventajas) pequeñas, al acumularse de generación en generación, llevan a adaptaciones todavía más pasmosas que el camuflaje del lenguado. Tomemos, como un ejemplo clásico, el ojo de los vertebrados. Los creacionistas dicen que es un órgano perfecto, y que no pudo evolucionar por modificaciones pequeñas y graduales. “¿Para qué sirve medio ojo?”, preguntan con sorna; la complejidad de un órgano tan maravilloso parece irreductible. Para empezar, el ojo no es perfecto, ni siquiera el ojo humano. El punto ciego que se presenta donde nace el nervio óptico es un defecto evidente, el cual podría haberse evitado si el ingeniero imaginario hubiera puesto los axones de las células de la retina hacia fuera del ojo y no hacia dentro (un “diseño” bastante torpe). Pero lo importante es que tener “medio ojo” sí es mejor que no tener ojos. Un área de piel fotosensible, que ya de por sí es útil para distinguir el día y la noche, mejora si adquiere cierta curvatura que concentre la luz. Este ojo primitivo existe en las planarias, gusanos platelmintos. Si esa concavidad crece, se puede lograr la óptica de una cámara lúcida; esta situación se presenta en algunos anélidos. Si la concavidad que ya ha formado una esfera con un agujero se ve recubierta de piel transparente, se adquiere otra pequeña ventaja, y cualquier incremento en la concentración de proteínas en esa piel aumentará el índice de refracción del lente. Este ojo miope es mejor que una cámara lúcida, y cualquier incremento ulterior en la agudeza visual será una ventaja importante. En resumen: el ojo es un órgano complejo, pero ge-nerable por selección natural que actúe sobre mutaciones pequeñas. JALISCO NUNCA PIERDE Cuando los órganos “perfectos” no le sirven, el creacio-nista voltea completamente su argumento y pregunta con sarcasmo: “Si la selección natural siempre mejora, ¿por qué no son perfectas las adaptaciones?” La falacia ahora radica en pensar que la evolución ne- cesariamente optimiza las adaptaciones. Las planarias llevan millones de años sobreviviendo con sus ojos “imperfectos”; para su tipo de vida resultan suficientes y no hay ninguna “fuerza vital” que las obligue a “perfeccionarse”. Otro error del argumento es olvidar que el ambiente cambia, de manera que, cuando los organismos logran adaptarse a un ambiente determinado, puede ser que el ambiente ya no sea exactamente el mismo: es la metáfora de la Reina Roja, en cuyo país de fantasía Alicia tenía que correr mucho para poder mantenerse en el mismo lugar. Puede ocurrir que lo que ayer (en términos evolutivos) era un rasgo adaptativo, hoy no sea sino un vestigio inútil. COMO SANTO TOMÁS: VER PARA CREER Nuestro creacionista, después de revisar si su Biblia dice algo sobre Lewis Carroll, nos mira incrédulo y nos espeta: “¿Quién estuvo allí para ver la evolución del ojo? ¿Quién presenció un establecimiento gradual de la simbiosis entre el mero y sus gobios limpiadores?” En realidad, la evolución a corto plazo no sólo es observable, sino hasta medible, en términos de cambios en las frecuencias genéticas entre las generaciones (desde luego, esto es factible sólo si las generaciones son muy breves). Un ejemplo cotidiano es la adaptación de las bacterias a los antibióticos, o de las plagas a los plaguicidas: la resistencia aumenta porque los individuos que sobreviven son los que tienen los genes adecuados, y la frecuencia de estos genes aumenta rápidamente en la población, dado que los hijos sustituyen a los padres en cuestión de horas o días. Sin embargo, el camino evolutivo que llevó al ojo humano o a la simbiosis del mero y los gobios trasciende con mucho una vida humana, incluso la vida de toda la humanidad, de modo que se trata de un fenómeno no observable directamente. Lo que vemos hoy evolucionó en el pasado, y como todavía no se cumple el sueño de H. G. Wells, de la máquina del tiempo, no nos queda sino inferir el pasado a partir del presente. EL ORIGEN DE LAS ESPECIES El creacionista revisa su arsenal y ahora lanza: “¡Nadie ha visto una especie a medio formar en la naturaleza! ¡Las quimeras, sirenas y centauros no existen!” Claro que no puede haber cruzas de perros con gatos, peces con mujeres o caballos con hombres, pero es falso que no existan “especies a medio formar”. La línea entre lo que son poblaciones diferentes de una misma especie y lo que son especies plenamente distintas es tan tenue, que a menudo la decisión taxonómica es arbitraria. Los llamados “hamlets”, peces arrecifales del género Hypoplectrus, llegaron a ser considerados miembros de una sola especie, H. unicolor, por su enorme semejanza genética. Sin embargo, hoy se acepta que cada hamlet es una especie válida, no sólo con su propia coloración, sino con su propio sistema de reconocimiento sexual, el cual mantiene su identidad como especie. El caso contrario: entre los peces dulceacuícolas hay especies consideradas válidas, habitantes de lagunas aisladas, que se han extinguido al entrar en contacto con otras especies, de distribución amplia. Esa extinción de la especie antes aislada se debe al fenómeno conocido como introgresión genética. Es como si el acervo genético de la especie endémica se “disolviera” en el de la de distribución amplia, cuando se dan las circunstancias que les permiten cruzarse. Se infiere que la especie endémica (aislada) se originó a partir de la otra y pudo diferenciarse gracias al aislamiento geográfico, pero su diferenciación genética no llegó a ser tan grande que pudiera impedir la reproducción sexual entre ella y la que le dio origen. En otras palabras, quien observe a estos peces verá, sin metáfora alguna, “una especie a medio formar”. ¿SÓLO UNA TEORÍA? ¿Es la evolución “sólo” una teoría? Lo es, pero eso no significa que no sea real. La evolución es un hecho científico, tanto como la gravedad de Newton o la relatividad de Einstein, las cuales también son teorías; es decir, explicaciones de fenómenos observados. A la luz de evidencias tan independientes entre sí, como las anatómicas, bioquímicas, paleontológicas y embriológicas, la única teoría (explicación) científica de la diversidad biológica es la evolución. Por supuesto, el creacionista dirá que Dios tuvo razones inescrutables para crear órganos imperfectos e incluso vestigios inútiles, como nuestro apéndice vermiforme; causas desconocidas para diseñar la biodiversidad de manera que pudieran reconstruirse árboles genealógicos de las especies; motivos inimaginables para hacernos 99 por ciento iguales, genéticamente, al chimpancé y al gorila; fundamentos incognoscibles para sembrar fósiles de seres intermedios entre el hombre y los antropoides, etcétera. No obstante, hay un principio epistemológico (es decir, de búsqueda de la verdad) que el creacionismo viola de entrada: “entre todas las explicaciones posibles de un hecho, hay que escoger la más simple”. ¿Por qué pensar en un dios que crea una por una a todas las especies del planeta, si existe una explicación terrenal para el origen de las especies? Como decía Carl Sagan: “¿para qué inventar a un dios increado, hacedor del universo, cuando es más sencillo pensar que el increado (o autocreado) es el universo mismo?” Nadie vio al primer mero, satisfecho por una buena comida, en el momento de permitir a los primeros gobios valientes, hambrientos de parásitos, entrar en su boca libremente. Pero, ¿no es más sencillo pensar que eso es lo que sucedió, y no que Alguien lo diseñó desde el cielo para deleite de los biólogos marinos? El científico no asegura que sus teorías sean dogmas o que puedan explicarlo todo (y ésta es la gran diferencia entre ciencia y religión). La ciencia puede a menudo estar hecha de errores (errores que es preciso cometer para acercarse paulatinamente a la verdad), pero una teoría no se refuta gratuitamente. Incluso la existencia de casos inexplicables no basta para derrumbar una teoría. Para ello es necesario no sólo acumular incongruencias de la teoría, sino proponer una de mayor poder explicativo. FENÓMENOS EVOLUTIVOS En el caso de la evolución, la teoría ha ganado muchísimo en poder explicativo desde los tiempos de Darwin. Por ejemplo, en los años 30 se consideraba que la selección natural era la única fuerza evolutiva de peso; hoy se sabe que fenómenos evolutivos, tales como la pérdida de los ojos en los peces cavernícolas se explican mejor por cambios genéticos aleatorios (si los ojos no sirven en la oscuridad, una mutación que los reduzca no tendrá efecto selectivo alguno). Suponer que el arrecife coralino es un escenario montado por una inteligencia sobrehumana es gratuito: el creacionismo es un intento dogmático de robar al ser humano y a la vida en la tierra la gloria de sus orígenes naturales. En cambio, pensar en la compleja historia evolutiva detrás de cada uno de los organismos del arrecife y sus interacciones provoca un genuino sentimiento de maravilla. No hace falta inventar algo sobrenatural: lo na-tural es más maravilloso. |

