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Un polizón llamado Charles Darwin Doctor Antonio Lazcano Araujo Facultad de Ciencias Universidad Nacional Autónoma de México Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla Hasta hace un par de meses, los autobuses urbanos que circulaban por las calles y avenidas de Roma llevaban en sus costados unos letreros de colores llamativos, en donde se leía: “Antibióticos sí, pero con cautela…” Es fácil comprender el origen de dicha campaña pu-blicitaria, que refleja la preocupación de médicos y autoridades de salud por la rapidez con la que un número cada vez mayor de especies y cepas de microorganismos se ha vuelto resistente a la acción de los antibióticos. La producción industrial de la penicilina, que comenzó hace apenas 70 años, inauguró una etapa nueva en la lucha contra las enfermedades infecciosas, pero no tardaron en surgir bacterias resistentes. El uso indiscriminado de los antibióticos, que en México y en muchos otros países se pueden adquirir y consumir sin supervisión médica, nos ha permitido atestiguar la rapidez con la que la selección natural ha llevado a la aparición de patógenos resistentes. Es decir, los letreros de los autobuses romanos no eran nada más un llamado de atención en pro de la salud pública, sino también una declaración del poder explicativo de la teoría de evolución. POLIZÓN EN ROMA Ajenos a esas proclamas evolutivas, los inspectores del sistema de transporte público nunca se percataron de que, durante varias semanas, Charles Darwin viajó de polizón por toda Roma. La teoría de la evolución nos permite comprender el origen de la resistencia a los antibióticos, el surgimiento de la gripa aviar en Asia, así como el éxito (y los fracasos) de las terapias con antirretrovirales que se aplican a las personas infectas con el virus del SIDA, pero también nos permite reconstruir la forma en que durante miles de mi-llones de años los microorganismos se fueron diversificando hasta dar origen a un número abrumador de especies que se adaptaron a una enorme diversidad de ambientes y terminaron modificando para siempre al planeta mismo. Estos grandes periodos evolutivos, que son el equi-valente biológico a lo que Fernand Braudel llamó “la historia de larga duración”, al describir el mundo mediterráneo, comenzaron hace unos cuatro mil millones de años, al aparecer la vida en la Tierra. LOS GRANDES AUSENTES Los microbios son los grandes ausentes de la obra de Darwin, que nunca discutió ni su evolución ni el origen de la vida. Sin embargo, su teoría se convirtió en la inspiración básica que llevó a Alexander I. Oparin, un joven bioquímico soviético, y a John B. S. Haldane, un genetista inglés, a proponer de manera independiente en los años 1920 la hipótesis de que los primeros seres vivos eran el resultado de la evolución de moléculas orgánicas que se sintetizaron en la Tierra primitiva. Haciendo caso omiso de las barreras que separan las distintas disciplinas científicas, estudiaron y analizaron observaciones, reportes, experimentos y teorías de la astronomía, la geología, la química orgánica, la paleontología y la biología, para desarrollar no sólo una teoría sino, sobre todo, un programa de investigación científica multidisciplinario que dio origen no solamente a los estudios contemporáneos sobre la aparición de la vida, sino que también contribuyó a ver a los microbios no sólo bajo la óptica del microscopio sino también desde una perspectiva evolutiva. Las ideas de Oparin y Haldane tardaron mucho en ser estudiadas experimentalmente. No fue sino hasta 1952 cuando Stanley L. Miller, un joven estudiante que había comenzado sus estudios de doctorado en la Universidad de Chicago, escuchó al Premio Nobel Harold Urey hablar de la Tierra primitiva y de los trabajos de Alexander I. Oparin. Al cabo de unas cuantas semanas, Miller se acercó a Urey y le pidió que lo asesorara para llevar a cabo una simulación de los procesos químicos que habían llevado a la síntesis de compuestos orgánicos necesarios, según las ideas de Oparin, para la aparición de la vida. EXPERIMENTO DE MILLER Miller diseñó un aparato en donde buscó simular las condiciones de Tierra primitiva, con una mezcla de gases que incluía metano, amoníaco, hidrógeno y vapor de agua, a la que sometió a la acción de descargas eléctricas. Al cabo de pocos días, observó que se habían sintetizado diversas moléculas orgánicas, incluyendo varios aminoácidos presentes en las proteínas de todos los organismos. Miller publicó los resultados de su trabajo en 1953, el mismo año en que Watson y Crick propusieron el modelo de la doble hélice del DNA, y a lo largo de los últimos cincuenta años se ha demostrado la facilidad con la que podemos sintetizar un sinnúmero de moléculas de interés biológico, lo que apoya, por supuesto, la idea de que en la Tierra primitiva hubo una sopa primitiva. Ignoramos cómo surgió la vida en la Tierra, pero se puede comprender cómo ocurrió. Como dice Octavio Paz en uno de sus poemas más bellos, “sin entender comprendo”. Esa comprensión nace de la herencia extraordinaria que nos dejó la obra de Charles Darwin. Es cierto que en 1887 Darwin escribió que “por ahora no vale la pena pensar sobre el origen de la vida; igual podríamos estar pensando en el origen de la materia misma”. PROBLEMAS PENDIENTES Sin embargo, como señaló en 1944 John D. Bernal, en un pequeño volumen titulado The Physical Basis of Life, la afirmación de Darwin “no significa que debamos disfrazar nuestra ignorancia con hipótesis absurdas sobre el origen de la vida o de la materia, sino que, por el contrario, debemos intentar, desde un principio, proponer en forma cuidadosa secuencias de eventos que sean lógicas, con las cuales intentamos demostrar que unas etapas deben anteceder a otras, e ir construyendo con esas secuencias parciales una historia coherente. Seguramente existirán lagunas que no podremos llenar, pero hasta que no intentemos construir estas secuencias no las podremos identificar ni podremos encontrar solución a los problemas pendientes.” El descubrimiento de las propiedades catalíticas del RNA ha venido a llenar una de las lagunas de las que habló Bernal, y nos permiten reconocer la existencia del llamado mundo del RNA, que antecedió tanto a las proteínas como al DNA mismo. ¿Qué ocurrió después? Desde su origen mismo, la evolución de la biosfera y la del planeta han ido mano a mano. Hay un diálogo constante entre los organismos y su entorno, como lo muestra la aparición de la fotosíntesis, un fenómeno biológico que eventualmente transformó la atmósfera terrestre, enriqueciéndola en oxígeno. La acumulación del oxígeno permitió, a su vez, el surgimiento de nuevas rutas metabólicas, incluyendo la biosíntesis del colesterol. A pesar de su mala fama, el colesterol es un componente esencial de las membranas de células como las de hongos, plantas y animales, y su presencia ha permitido el desarrollo de un complejo laberinto de membranas que incluye al núcleo de nuestras células. De hecho, la coevolución de la atmósfera terrestre y la biosfera ha convencido a muchos científicos de la necesidad de identificar moléculas de origen biológico en los planetas que giran alrededor de otras estrellas. ¿VIDA EXTRATERRESTRE? ¿Existe vida en otras partes del Universo? Los escritos de Darwin no discuten esta cuestión, pero sabemos que el origen de la vida en la Tierra no es resultado ni de un milagro ni de la casualidad, sino de un proceso de evolución. Las moléculas que sirven de precursores en experimentos como los de Miller son extraordinariamente abundantes en cometas y en las nubes de material interestelar de la Vía Láctea, en donde observamos la formación de estre-llas, a menudo acompañadas de grupos de planetas. ¿En cuántos de estos cuerpos ha surgido la vida? ¿Existen, como creen algunos astrónomos como Frank Drake, otras civilizaciones en la Galaxia? O bien, como han sugerido Peter D. Ward y Donald Brownlee en su libro Rare Earth, ¿la aparición de formas inteligentes en el Universo es poco probable? En realidad, no tenemos respuesta a estas preguntas. Es posible que no estemos solos en el Universo, pero pue-de haber factores que nos hacen sobreestimar la probabilidad del surgimiento de la vida. Como escribió alguna vez el filósofo francés Blas Pascal: si la nariz de Cleopatra hubiera sido más grande, la historia del mundo hubiera podido ser diferente. |

