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El origen de las especies: el libro de las maravillas Doctor Porfirio Carrillo Castilla-Alcocer Investigador Titular C Instituto de Neurotología Universidad Veracruzana Director General de Posgrado Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla El Origen, y nos referimos principalmente a la sexta edición, comienza con una nota histórica sobre el des-arrollo de las ideas acerca de la evolución de las especies. En ella, Darwin nos indica cómo leer su obra, “un resumen” de lo que debiera ser un trabajo monumental, que el naturalista concibió originalmente para muchos más años de reflexión y sobre todo para colectar y analizar más evidencia. Exhibe sin pudor sus propias interpretaciones erróneas desde la publicación del origen: “…cuando se publicó la primera edición de esta obra, estaba yo tan completamente engañado, como lo estaban otros por expresiones como: “la actuación continua del creador”. Asimismo, hace un reconocimiento a la claridad de la explicación dada para la selección natural por Alfred Russel Wallace. Sabía Darwin que la primera batalla que debía librar, y sin duda una de la centrales, era la de demostrar que con el paso del tiempo las especies cambiaban; no eran inmutables; variaban; eran dinámicas en sus formas, y lo resuelve recurriendo a sus orígenes, al entorno de su infancia, al huerto, a la granja, a los agricultores; cria-dores de plantas y animales, que, si algo saben de suyo, es precisamente eso: que las especies domésticas bajo su cuidado van variando constantemente, y que no obstante no saber cuál es el origen de las razas domésticas y sus variaciones, sí se sabe –y se demuestra ampliamente- que esa variación de los progenitores puede ser transmitida a la descendencia. EL PERRO Y LA PALOMA Aparecen en este capítulo dos especies importantes en la obra de Darwin: el perro y la paloma. Las descripciones de las distintas cruzas entre razas de paloma, hechas a lo largo de muchos años por el propio Darwin, junto con las interesantes referencias históricas, muestran al lector lo que será este atento y disciplinado observador-relator: un apasionado de las especies vivientes, que traza una ruta hacia la comprobación de sus teorías, utilizando, referencias eruditas, descripciones que rayan en la composición literaria y un rigor de pensamiento basado en abundantes evidencias: Clásicos romanos, enciclopedias chinas, refe-rencias a Plinio, África vista por lo ojos del gran Livingstone, salvajes y bárbaros y su relación con los animales, horticultores de la antigüedad, etcétera; todos reunidos en un deslumbrante y bien descrito mosaico que nos muestra la importancia que tiene la selección de especies por el hombre, la selección artificial. FUNCIÓN DE LAS VARIACIONES A continuación, en el capítulo dos, Darwin nos vuelve a dejar perplejos, ahora poniéndonos justo en el lugar que nos corresponde, estemos para verlas o no, para seleccionarlas o no; es en realidad la naturaleza el escenario más importante donde se llevan a cabo las variaciones; es ahí mismo donde ellas toman su principal función: servir a la sobrevivencia y evolución de las especies. Nuestra intervención, si se da, es apenas una mera metáfora expresada en la crianza; lo real es la lucha por la existencia, donde las variaciones ventajosas, por mínimas que sean, determinan al ganador; es éste el verdadero valor del cambio, la sobrevivencia, como lo demostrará a continuación. En el capítulo tres encontramos explicaciones muy importantes. La primera es la comprobación de que las especies varían en estado natural, no tan sólo en la granja o en la huerta, de tal modo que varios de los principios de la variación y sus consecuencias, descritos en el capítulo anterior, se aplican a la variación individual en la naturaleza y cómo incluso esta variación puede servir para reconocer y ordenar, clasificar a las especies. Las mariposas de Wallace en el Archipiélago Malayo, los crustáceos en Brasil, las hormigas, son algunos de los ejemplos que se citan. Sin embargo, en esta amplia diversidad de variaciones es importante ser un observador cuidadoso para decidir cuáles son las variedades y cuáles las especies, o al menos recurrir a los consensos y todo ello para no perdernos en creer actos únicos de creación para cada especie o individuo, a lo que irremediablemente llegaríamos si no aceptamos que hay variaciones individua-les entre las especies. LA LUCHA POR LA EXISTENCIA En el capítulo tres, Darwin advierte, con su proverbial sentido de la crítica, que lo anteriormente descrito no es una regla absoluta; así, indica que la simple existencia de variabilidad no explica cómo aparecen las especies en la naturaleza; es necesario considerar el fenómeno fundamental de la lucha por la existencia. De acuerdo a esta lucha, las más ligeras variaciones, si son provechosas para los individuos de una especie, tenderán a conservar a estos individuos y sobre todo serán transmitidas, heredadas, a su descendencia. Aquí está, pues, la selección natural; la conservación de variaciones útiles para la sobrevivencia de los que serán los más aptos. La selección natural, nos dice Darwin, “siempre es una fuerza dispuesta a la acción y será siempre enormemente superior a los esfuerzos del hombre; así de superiores serán las obras de la naturaleza con respecto a las obras de arte”. Hablando de la lucha por la existencia, ese principio tan importante al cual llegó más rápida y claramente a través de la obra de Malthus, el viajero del Beagle nos advierte que la desarrollará más ampliamente en una obra futura. Será muy difícil entender la complejidad del mundo natural, sin este principio en mente, o de plano haremos una mala comprensión, y esto es fácil, si nos dejamos llevar por el “rostro resplandeciente y aparentemente feliz de la naturaleza”, nos dice el agudo e inteligente observador; tenemos que apreciar el resplandor sin dejar de reconocer que éste implica también destrucción; ciertamente es así: las aves de bellos cantos se alimentan de los insectos que matan, y a su vez las cantoras son aniquiladas, junto con su polluelos por otras aves o mamíferos rapaces; la naturaleza es para Darwin, y está exactamente en lo cierto, un espectáculo de belleza y horror, escenario de distintos niveles naturales interconectados por eslabones de individuos, donde, dependiendo de lo observado, tenemos escenas de esplendor o de destrucción; de gene-ración de vida o de muerte. La expresión de la lucha por la existencia es usada por Darwin en un sentido metafórico: “sólo tiene sentido para describir cómo los seres dependen unos de otros, un tejido de complejas relaciones”, y, lo que es más importante, no se trata solamente del individuo, sino de la producción de descendencia. Es, nos dice Darwin, la doctrina de Malthus llevada al reino vegetal y al animal; incluso el hombre también está sujeto a esta ley y a esta lucha. Leer este importante capítulo es imaginar que Darwin bien pudo haber quedado maravillado y a la vez horrorizado de esta visión de la lucha. La prueba está en el extraordinario párrafo que cierra el capitulo: “cuando reflexionamos sobre esta lucha, nos podemos consolar con la completa seguridad de que la guerra en la naturaleza no es incesante; que no se siente ningún miedo; que la muerte es generalmente rápida, y que el vigoroso, el sano, el feliz, sobrevive y se multiplica”. EXPLICACIÓN DE LA SELECCIÓN NATURAL El capítulo cuarto, uno de los más extensos, si no el que más, es la argumentación y descripción cuidadosa del principio poderoso de la selección natural o la supervivencia del más apto. La argumentación y explicación darwiniana nuevamente inicia partiendo de los procesos que ha observado en las crianzas domésticas; la selección de caracteres que el agricultor hace ¿opera en la naturaleza? Sí, y eficazmente, nos dice el autor. Así, nos define que “a la conservación de las diferencias y variaciones individualmente favorables y a la destrucción de las perjudiciales le he llamado yo selección natural o sobrevivencia del más apto”. Ahí está, resumido, en gran parte, el arduo trabajo de observación y deducción en la vida de Darwin; brevedad descriptiva, resultado de un largo proceso. A partir de este poderoso enunciado, Darwin tejerá pacientemente un cúmulo importante de explicaciones para derrumbar los malentendidos de su propuesta y la franca oposición a la misma; incluso aclara que la palabra selección natural es, obviamente, falsa en su sentido literal; no hay quien conscientemente seleccione; no es una fuerza divina; es una metáfora explicativa de un conjunto de procesos que permiten la adaptación, la sobrevivencia y la reproducción de los más aptos; una síntesis o metáfora. “Si personificamos la palabra naturaleza, es por asumir que esta personificación es en realidad sólo la acción y el resultado totales de muchas leyes naturales, y por leyes, la sucesión de hechos, en cuanto conocidos por nosotros”. Brillante, sin duda, la explicación darwiniana para lo que llama objeciones superficiales a los términos. Hila sus explicaciones con contundentes metáforas comparativas entre el papel seleccionador del hombre y de la naturaleza, revelando el pobre papel del hombre; la selección natural como mecanismo es constante, imparable, cuidadosa, selectiva, conservativa, silenciosa, oportunista, colorista, invisible, intemporal, e incluso hasta buena a los ojos de Darwin, en cuanto que adiciona ventajas individuales que se transforman en bienes colectivos para beneficio de una comunidad. SELECCIÓN SEXUAL A continuación, Darwin explica otro de los principios poderosos de su teoría: la selección sexual, “esta forma de selección depende, no de una lucha por la existencia, sino de la lucha de los individuos de un sexo, generalmente los machos- por la posesión del otro sexo. El resultado no es la muerte del competidor perdedor, sino el dejar poca o ninguna descendencia. La selección sexual es menos rigurosa que la natural”. De regreso a la selección natural, el acostumbrado detalle de los ejemplos inunda el texto y nos llena de evidencias; entre otros, lobos, aranes, insectos, flores y abejas observadas por Darwin en un fundacional trabajo de etología. Todo para decirnos cómo esta visión por él propuesta da pie a la comprensión de hechos que de otra manera serían inexplicables. Un punto fundamental para entender la selección natural es la comprensión de los procesos de extinción, principalmente de las especies poco representadas o escasas. Otro principio básico del capítulo lo es la divergencia de caracteres: “cuanto más se diferencian los descendientes de una especie, tanto más serán capaces de ocupar puestos adicionales en la economía de la naturaleza y aumentar en número”. Darwin nos explica, en un cuadro brillantemente cons-truido, y combinando los principios de selección natural y extinción, un gran árbol con ramas que se extienden por todas partes; cómo los descendientes modificados de las especies prosperan mejor en la medida que sean más diferentes a sus progenitores. La comprensión de este cuadro es fundamental para entender gran parte del proceso de la evolución, y regresará a él en otros capítulos. Nos previene Darwin de que la construcción de este árbol debe ser leída e interpretada con cuidado; hay ramificaciones en todos sentidos, obviamente no representadas en un espacio bidimensional, y, además, el sentido de arriba y abajo “no es sinónimo de inferioridad o superioridad en la cualidad de los seres vivos”. A continuación, la expresión de Goethe “la naturaleza, para gastar en un lado, está obligada a economizar en otro”, sirve para adentrarnos en la explicación sobre la compensación y economía de crecimiento. Aquí, Darwin nos ofrece explicaciones detalladas de uno de los grupos más estudiados por él: los crustáceos del grupo de los ci-rrípedos. REAPARICIÓN DE CARACTERES La presencia súbita del color azul en distintas palomas: la presencia de tallos gruesos o raíces en distintos nabos; la presencia de rayas entre los asnos, cebras y/o caballos, son algunos de los brillantes ejemplos de este capítulo; deducciones elaboradas, entre otras, en el caballo belga, a partir de dibujos realizados por uno de los hijos de Darwin, o la cruza que el propio Darwin realizó entre una yegua y un caballo. Nos dice el autor: “la mejor hipótesis para explicar la reaparición de caracteres antiquísimos es que en los jóvenes de sucesivas generaciones existe una tendencia a presentar el carácter perdido desde hace mucho tiempo”. No admitirla, como prueba de la descendencia común con modificación gradual en las especies, es “convertir las o-bras de Dios en pura burla y engaño; casi preferiría yo creer, junto con los antiguos e ignorantes cosmogonistas, que las conchas fósiles no han vivido nunca, sino que han sido creadas de piedra para imitar las conchas que viven en las orillas del mar”. Después de cinco capítulos ampliamente descriptivos, deductivos, plagados de evidencias y citas de autores res-petados, el enunciado de la teoría está casi construido; esta seguridad está íntimamente basada en los hechos descritos. Darwin nos los demuestra ciertamente, no tan sólo al agrupar las principales objeciones que cualquie-ra y él mismo le pondría a su teoría, sino además por la contundente explicación que va dando a cada de estas cuatro objeciones, para él las principales. En realidad la explicación detallada para cada una se encuentra, al menos, en los próximos cuatro capítulos. En el primer caso, Darwin se pregunta: “¿Por qué, si las especies, como las aves actuales, han descendido de otras especies, no encontramos innumerables formas de transición? ¿Por qué, en lugar de haber confusión, hay especies bien definidas en la naturaleza? Darwin nos recuerda que las variaciones seleccionadas naturalmente para la sobrevivencia de los más aptos, para la adaptación a condiciones y competencias, van acompañadas irremediablemente de extinción de las formas menos adaptadas. Las formas de transición resultado de esta selección y adaptación no las vemos, ya que los registros geológicos, lo conservado pues, es significativamente menor e imperfecto de lo que generalmente se asume. Dice Darwin: “la corteza terrestre es un inmenso museo”, pero “imperfecto y lento”. MECANISMO DE EVOLUCIÓN Para hablar de las sutiles pero importantes gradaciones, Darwin usa una amplia explicación acerca de cómo la selección natural pudo ciertamente haber sido el mecanismo para la evolución del ojo, sin duda uno de los órganos más sofisticados y a la vez flexible. En uno de los párrafos más contundentes y bellos del origen, Darwin manifiesta: “Cuando se dijo por vez primera que el sol estaba quie-to y la tierra giraba a su alrededor, el sentido común declaró como falsa esta doctrina; pero el antiguo adagio de vox populi, vox Dei, como todo filósofo sabe, no puede admitirse en la ciencia. La razón me dice que puede de-mostrarse que existen muchas gradaciones, desde un ojo sencillo e imperfecto a un ojo complejo y perfecto, y cada grado es útil al animal que lo posee”. A partir de esto, viene la detallada descripción que va del nervio óptico, el ojo primitivo, hasta el ojo de los vertebrados, con citas a Wallace, Owen y por supuesto a Virchow. No falta la comparación del ojo con un telescopio. En otro pasaje, ampliamente citado y celebrado por los darwinistas modernos, y para referirse a la variación de los órganos, Darwin nos cita “la vieja y algo exagerada regla de Historia Natural, de Natura non facit saltum, la naturaleza no trabaja haciendo saltos”. Asimismo, Darwin reflexiona: “la selección obra solamente aprovechando pequeñas variaciones sucesivas; no puede dar nunca un gran salto brusco, sino adelanta por pasos pequeños, seguros, lentos”. Una de las más importantes dificultades abordadas por Darwin en este capítulo, tiene que ver con una interpretación de la variación y gradualidad en la conformación de los órganos y las estructuras, más que con su origen; al encontrar que algunos órganos no tienen ningún beneficio aparente para su poseedor, como lo marcaría la doctrina utilitaria, algunos naturalistas manifiestan entonces que los órganos han sido creados bellos para deleitar al hombre o al creador. EL SENTIDO DE BELLEZA, ALGO SUBJETIVO Darwin argumenta brillantemente: “el sentido de la belleza depende de la naturaleza de la mente, del observador, independientemente de toda cualidad real en el objeto u órgano admirado; la idea de lo que es hermoso no es innata o invariable. Vemos esto, por ejemplo, en que los hombres de las diversas razas admiran un tipo de belleza por completo diferente en sus mujeres. Si los objetos bellos hubiesen sido creados únicamente para satisfacción del hombre, habría que probar que, antes de la aparición del hombre, había menos belleza sobre la tierra”. Una tercera dificultad es analizada por Darwin al refe-rirse a los instintos. Se pregunta si éstos pueden modificarse por selección natural, tema que abordará en el capítulo octavo. La última de las dificultades se refiere al importante tema de la producción de descendencia, particularmente la dificultad de explicar por qué, a diferencia de la descendencia fértil, resultado del cruce entre variedades, en el cruce de las especies se puede observar eventualmente producción de descendencia estéril. Darwin, por lo resumido de su obra, tanto en argumentación como en ejemplos que quisiera mostrar, no quiere dejar dudas sin aclarar, objeciones que en la mente del lector del Origen quedaran como elementos de crítica y desacreditación de la teoría expuesta. El lector, para Darwin, debe ser un convencido de que la selección es el mecanismo central de la teoría. Por ello dedica también el capítulo siete a explicar y aclarar ampliamente las dificultades que pueden seguirse presentando para aceptarla; sin embargo, Darwin hace una importante aclaración: las objeciones contestadas son para los que al menos intenten comprender sus ideas; los lectores o naturalistas que no traten el Origen con atención y esmero no cuentan”. De acuerdo con lo anterior, no llama entonces la atención el que cerca de ¡40 cuartillas de las casi 60 ¡del capítulo siete, estén dedicadas a contestar a George Mivart, un distinguido biólogo londinense que rivalizó fuertemente con Darwin y sus ideas, y que incluso publicó en 1871, el libro titulado On the genesis of species –sobre la génesis de las especies-, una férrea oposición a Darwin, ya que, según Mivart, la teoría de la selección natural no explicaba del todo los estadios incipientes de estructuras que serían más tarde de gran utilidad. SU DEFENSA, CON EVIDENCIAS Así que, en la sexta edición del Origen, Darwin, respetuo-so de los rivales y sobre todo con todo el poder que iba ganando su teoría, se lanza al campo de batalla para defenderse con su mayor fortaleza: las evidencias. Darwin es el naturalista generoso y hábil que nos permite sopesarlas y, sobre todo, aceptar obviamente las suyas; las malas interpretaciones de las lecturas de Darwin; el origen de la jirafa africana; el mimetismo de los insectos (con citas de Wallace); las barbas de la ballena, respuestas ya dadas a los objeciones de Mivart –como la de Malm en 1867-; la cola prensil de los monos americanos: la aparición de las glándulas mamarias en los mamíferos y el ornitorrinco; los estudios sobre la estrellas de mar, del respetado Agassiz; una estupenda serie de descripciones sobre la posible evolución de la capacidad de trepar en la plantas, son algunos de los ejemplos contundentes que Darwin opone a Mivart, en el párrafo final del capítulo. Al referirse directamente a las creencias de Mivart, nos dice: “admitirlas es, a mi parecer, entrar en las regiones del milagro y abandonar las de la ciencia”. Para el capítulo octavo, Darwin ha reservado la amplia explicación que requería una de la objeciones marcadas en el capitulo anterior, a saber, si los instintos pueden modificarse también por selección natural. Advierte Darwin que no ha intentado, con su teoría, explicar el origen de la vida; asimismo, no intentará ocuparse del origen de las habilidades mentales –a las que sin duda Darwin se asoma describiendo el comportamiento instintivo. Pero ciertamente es, nuevamente, en el análisis detallado y descriptivo de algunos instintos especiales, como se puede apreciar mejor cómo han llegado a modificarse por selección natural. Y es precisamente aquí, desde mi muy personal punto de vista, donde Darwin y el origen alcanzan el esplendor descriptivo e incluso narrativo; la anidación de un pequeño pájaro (el cuclillo), la esclavitud de hormigas por otras hormigas, y la construcción de las celdas en los panales por la abeja, son tres estupendas des- cripciones conductuales que merecen una lectura atenta. Me atrevería a señalar que ninguna de las actuales filmaciones de la conducta animal, con toda su sofisticación técnica posmoderna, alcanzan a opacar estas tres joyas fundacionales de la etología animal. El poder narrativo de Darwin sólo se entiende por su poder de observación. Perplejo ante la naturaleza, Darwin, el colector de escarabajos, el cazador, el criador de palomas, es el más exacto y minucioso de sus relatores. Así como se recomendaban catalejos para ver los lienzos de los pintores de la escuela del río Hudson o de Barbizon, para leer este maravilloso capítulo, un lienzo descriptivo del comportamiento animal en la naturaleza, bien se puede evocar la presencia de una lupa, de un microscopio; pero no, son la mano y el ojo de Darwin los que nos dan esta visión; generoso conocimiento, lienzo de letras y des-cripción de maravillas. |

